2 de octubre: ¿Hablamos de violencia?

Compartimos el artículo de Kirian Muñoz, psicólogo del Proyecto Hilos de la Fundación IRES, en el que aborda el Día internacional de la no violencia como una oportunidad para hablar, reflexionar y dar visibilidad a una problemática global
Ilustración de personas abrazándose
Fundació IRES
2 octubre de 2020

Por Kirian Muñoz Gómez

El 2 de octubre fue decretado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el «Día Internacional de la No Violencia» en conmemoración a Mahatma Gandhi, líder del movimiento de la Independencia de la India y pionero de la filosofía de la no violencia. La filosofía promovida por Ghandi se fundamenta, en esencia, en el uso del diálogo como vía de resolución de cualquier conflicto, así como en el rechazo de la violencia, incluso bajo las condiciones más extremas.


«La humanidad no puede liberarse de la violencia más que por medio de la no violencia» .

Mahatma Gandhi

El movimiento que se enmarca dentro del «Día Internacional de la No Violencia» aspira a crear una conciencia global, no sólo dando visibilidad a las acciones violentas que nos rodean, sino también promoviendo la cultura de la paz, la tolerancia y la comprensión.

El 2 de octubre es un día necesario en los tiempos que corren, en los que la violencia es una constante en la vida de un gran número de personas en el mundo y, de una manera o de otra, afecta a todos. Pero, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de violencia?

Estamos hablando de un fenómeno complejo y, al mismo tiempo, de un concepto sumamente difundido. Un fenómeno que no sólo carece de una definición clara, sino que, además, se ve sometido a una continua revisión a medida que los valores y / o normas sociales cambian. Este componente dinámico conlleva, en consecuencia, que determinadas acciones y / o conductas que antiguamente podían estar normalizadas -como por ejemplo la costumbre de dar collejas a los niños como método correctivo- en la actualidad son concebidas, contrariamente, como una forma de violencia . Por lo tanto, resulta adecuado, y necesario, que nos cuestionamos y / o revisemos nuestra concepción sobre la violencia, así como las conductas que se derivan de ella.

En la actualidad, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) define la violencia como «el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones «. Esta definición engloba acciones y / o conductas tan diversas como: violencia física, violencia psicológica, violencia sexual, violencia de género, violencia económica o patrimonial, violencia intra-familiar, etc. Poniendo especial énfasis en la violencia machista como lacra mundial.

Hablamos de un fenómeno que está presente en todos los países, así como en todas las sociedades. Casi diariamente es posible encontrar en los medios de comunicación noticias sobre actos violentos y, probablemente, muchos nos resultan fácilmente identificables como los actos de violencia machista, entre otros. Las conductas que conllevan un daño físico -lesiones físicas o incluso la muerte de la persona- son reconocidas, inmediatamente, como acciones violentas. Sin embargo, estos casos tan evidentes de violencia no deben inducirnos a restarle importancia a otras acciones y conductas más sutiles o menos explícitas que, a veces, podemos pasar por alto o no percibirlas como tal como: insultos, amenazas, burlas o humillaciones, conductas de control, trato indiferente, aislamiento social, acoso psicológico, discriminación, estigmatización, etc. Podemos encontrar violencia, incluso, en las acciones más cotidianas.

La violencia está tan presente que, a veces, la podemos percibir como una característica ineludible de la condición humana. Entonces, llevamos la violencia en los genes o, por el contrario, aprendemos a ser personas violentas? ¿Qué nos hace comportarnos de esta manera?

Por un lado, los seres humanos compartimos ciertos rasgos como la agresividad que no violencia- que, a priori, podemos considerar como innatos y que, en cierto modo, nos pueden predisponer a actuar de manera violenta. A pesar de ello, son los entornos en los que nos desarrollamos, la cultura, así como la educación que recibimos los factores que, en última instancia, orientan o redirigen nuestro comportamiento. Por ejemplo, quien crece en un entorno agresivo u hostil puede volverse insensible y, asimismo, aprender que las conductas violentas son una respuesta válida a los conflictos o contrariedades. Pero, contrariamente, si esta misma persona crece en un entorno estable, donde los miembros se cuidan mutuamente y en un entorno en el que nunca se emplean conductas violentas, probablemente, su visión sobre la violencia, así como sus pautas conductuales serán notoriamente diferentes. La violencia es una conducta que se aprende y, en consecuencia, es una conducta que se puede desaprender. La pregunta, ahora, es: ¿Cómo hacerlo?

¿Cómo «desaprendemos» la violencia para responder y gestionar situaciones de manera asertiva y sin herir a los demás?

Los seres humanos podemos cambiar. Las personas, a lo largo de su vida, cambiamos nuestros hábitos y rutinas, así como nuestro estilo de vida. Somos capaces de evolucionar y, al mismo tiempo, de mejorar muchos aspectos de nuestra vida. En el caso de los comportamientos violentos, no son una excepción. El primer paso es aparentemente sencillo y, al mismo tiempo, extremadamente complicado: darnos cuenta de cuáles son nuestras actitudes y / o conductas violentas. Una vez conseguimos ser más conscientes de nuestros comportamientos violentos, así como de las facetas o factores asociados, nos será más fácil iniciar un proceso de cambio. La violencia es un problema complejo y las acciones o comportamientos violentos se asocian a nuestros esquemas de pensamiento, a las emociones que experimentamos, en nuestras pautas conductuales o de comunicación, en nuestras experiencias y aprendizaje, etc. Todo ello sin olvidar el entorno con el que interactuamos y las personas con las que nos relacionamos. El proceso de cambio es, generalmente, un camino lento y sinuoso, lleno de avances y también pasos atrás. Pero, con determinación, uno puede cambiar su comportamiento si decide hacerlo. La decisión está en nuestras manos.

«Cuida tus pensamientos, porque se convertirán en tus palabras. Cuida tus palabras, porque se convertirán en tus actos. Cuida tus actos, porque convertirán en tus hábitos. Cuida tus hábitos, porque se convertirán en tu destino «.

Mahatma Gandhi

Desde el Proyecto FILS de la Fundación IRES intentamos aportar nuestro granito de arena. Nuestro objetivo es poder ofrecer un espacio de atención terapéutica y / o educativa a todas aquellas personas -independientemente de su género o edad- y familias que están viviendo alguna situación de conflicto y necesitan apoyo y / o acompañamiento. También ofrecemos formaciones y realizamos trabajo -grupal e individual- con hombres que quieren revisar su masculinidad, a través de un espacio en el que analizar, explorar y/o construir otras maneras de entender «cómo ser hombres» y, al mismo tiempo, alejarse de las masculinidades tóxicas y los mandatos de género. Finalmente, en el área de formación, llevamos a cabo talleres o cursos en términos de prevención y / o coeducación dirigidos a diversos colectivos, tales como escuelas, institutos, profesionales educativos o AMPAS, entre otros.

El «Día Internacional de la No Violencia» es una oportunidad para hablar, reflexionar y / o dar visibilidad a una problemática que aún persiste. Su propósito es ayudar a concienciar a las personas de que existen vías menos violentas a través de las cuales se pueden gestionar los conflictos y conseguir grandes objetivos. El 2 de octubre es una invitación a la (auto) reflexión. Una oportunidad de meditar sobre las conductas – que realizamos y / o en rodean – que pueden conllevar algún tipo de violencia. Una ocasión de plantearnos nuevos cambios, nuevas metas o nuevos propósitos. El «Día Internacional de la No Violencia» es, en definitiva, una oportunidad para mejorar y avanzar.