Dos realidades con un objetivo común: el bienestar del niño
Hoy, Día Internacional de las Familias, desde el Servicio de Acogimientos Familiares de la Fundación IRES, queremos fomentar y reconocer el papel fundamental que desempeñan las familias de acogida así como la realidad familiar en la que viven muchos niños y adolescentes.
El acogimiento familiar es una medida de protección a la infancia que puede abordarse desde diferentes perspectivas. Para las personas adultas, representa a menudo un acto de responsabilidad social y compromiso ante situaciones de vulnerabilidad de los niños. Por los niños que se encuentran en esta situación, en cambio, implica el inicio de un proceso vital complejo, marcado por cambios significativos y por una gestión emocional intensa, a menudo difícil de expresar con palabras.
Esta medida consiste en la incorporación temporal de un niño a un nuevo entorno familiar ajeno a su historia de vida, mientras su familia de origen atraviesa una situación de dificultad. En este sentido, la acogida se configura como una alternativa prioritaria a la atención residencial, dado que ofrece un contexto más familiar en todos los ámbitos. La presencia de figuras de referencia disponibles, constantes y afectivamente implicadas favorece el desarrollo integral del niño y contribuye a su bienestar emocional.
Ahora bien, es necesario entender que el acogimiento familiar no se limita a la cobertura de necesidades básicas o afectivas, sino que se inscribe en un proceso relacional más amplio y complejo. Durante el período de acogida, el niño mantiene, en la mayoría de los casos, el vínculo con su familia de origen a través de un régimen de visitas establecido por los equipos profesionales. Esto implica que el niño se desarrolla simultáneamente en dos sistemas familiares, cada uno con sus dinámicas, valores y referentes.
Esta doble pertenencia puede generar en el niño distintas respuestas, como ambivalencias, contradicciones o conflictos de lealtad. Estas manifestaciones no deben interpretarse como problemáticas en sí mismas, sino como expresiones comprensibles ante la complejidad de su realidad. En este contexto, el papel de los adultos es fundamental: es necesaria una mirada comprensiva y contextualizada que permita identificar las necesidades emocionales del niño y acompañarlo en la construcción de su experiencia.
Es especialmente relevante facilitar espacios de escucha en los que el niño pueda expresar sus sentimientos, pensamientos y vivencias. Paralelamente, los equipos profesionales desarrollan una labor de acompañamiento tanto con las familias acogedoras como con los niños, con el objetivo de detectar posibles situaciones de malestar e intervenir de forma ajustada en cada caso.
Uno de los ejes centrales de la intervención es la promoción de una relación respetuosa y, siempre que sea posible, colaboradora, entre la familia de origen y la familia de acogida, naturalizando el vínculo. Para ello es imprescindible un trabajo previo con las personas adultas, orientado a favorecer la comprensión mutua y la construcción de un objetivo compartido: el bienestar del niño.
En este sentido, es clave que la familia de acogida adopte una actitud de respeto hacia la historia y las circunstancias de la familia de origen. Evitar juicios y reconocer las dificultades vividas facilita que el niño pueda integrar su trayectoria sin sentirse dividido. Incluso elementos sutiles del lenguaje o de la comunicación no verbal pueden incidir en cómo el niño percibe sus vínculos, lo que requiere una especial sensibilidad por parte de los adultos.
Asimismo, es necesario poner en valor las fortalezas de la familia de origen. Éstas pueden aportar información significativa sobre aspectos cotidianos de la vida del niño, tales como hábitos, costumbres o estrategias de relación, y pueden convertirse en un recurso útil para la familia de acogida. Esta mirada reconocible contribuye a equilibrar las dos realidades ya evitar la invisibilización de una parte fundamental de la identidad del niño.
La coordinación y la complementariedad entre ambas familias resultan especialmente relevantes si se tiene en cuenta que, en muchos casos, el objetivo final es el retorno del niño a su familia de origen. Una colaboración efectiva puede facilitar las transiciones, tanto al inicio como al final del proceso de acogida, y favorecer una mayor continuidad en las experiencias del niño.
Aunque este modelo relacional puede presentar dificultades, el apoyo y el acompañamiento de los equipos profesionales se convierten en elementos clave para sostener el proceso. Estos equipos trabajan para promover el diálogo, mediar en situaciones de tensión y favorecer la construcción de un marco relacional que sitúe al niño en el centro.
Por último, cabe destacar que el acogimiento familiar contribuye también a ampliar la concepción social de familia, incorporando modelos basados en la cooperación y la corresponsabilidad. Visibilizar esta realidad y reconocer su valor no sólo beneficia a los niños implicados, sino que también contribuye a desestigmatizar determinadas situaciones y en fomentar una sociedad más inclusiva y cohesionada.